Tampoco o todavía

Publicado en Poesía con etiquetas el Noviembre 20, 2009 por Nano

Tampoco o todavía. No me importa

si luego, antes o después,

te decides y cambias la cortina de la ducha.

He estado pensando en las tortugas

que vimos en el parque,

ya sé que estaban muertas o, tal vez, dormidas,

pero eso tampoco (o todavía) me importa.

Porque ahora, a las seis y cuarto de la tarde,

de un viernes veinte de noviembre,

no me preocupa nada

que las tortugas no puedan volver a zambullirse

o que nosotros mojemos el suelo de tu cuarto de baño.

Luces de colores

Publicado en Poesía con etiquetas , , el Noviembre 20, 2009 por Nano

Nada más.

 

Y una mujer. O dos. O cero.

Porque los brazos no bastan si el aliento aprieta

las copas de los árboles.

 

Nada más que las luces.

 

Y una Ley. Y un pirata tuerto.

Porque nacimos después de todo lo importante,

de todo lo perdido.

 

Nada más que las luces de colores.

 

Y una barra de bar para engañarse.

Porque lo que hemos intentado no ha salido mal,

¡ha funcionado!

 

Nada más que las luces de colores apagadas.

 

Y.


Con las manos llenas

Publicado en Poesía con etiquetas , , el Noviembre 9, 2009 por Nano

No sé si la tristeza

también busca culpables en su nombre,

si se duele y convive

con la forma gastada

de las horas que pasan,

si se avergüenza y sangra,

como el que vuelve con las manos llenas

del desastre.

No sé si la costumbre

también busca el sentido de su orden,

si sueña y se aventura,

si maldice y presume

de la exactitud con que describe

sus constantes esfuerzos

para perder el norte.

No sé si la tristeza me sostiene

al derrumbar el orden,

o si las rutas cruzan

paralelos imposibles y saltan

y me guían a propósito

al centro del desastre

sólo para que pueda volver ileso

y con las manos llenas

de tu piel y tu nombre.

Porque Alexis Sampedul (1) sabe como llegar a las ciudades (Fragmento)

Publicado en Prosa con etiquetas , , el Noviembre 9, 2009 por Nano

Porque Alexis Sampedul (1) sabe como llegar a las ciudades y arrasar con todo lo que encuentra. Años después de haber salido de su casa en Barcelona para dar comienzo a su viaje o a su huída o a su búsqueda, su manera de presentarse, de dar los pasos exactos, de impresionar a los presentes, de darse a conocer en el instante exacto en el que todos comprendían que su amistad, que su cercanía, que su sinceridad serían efímeras y que todo lo que podía ofrecerles era un espejo en el que nunca verse reflejados, una ilusión fugaz, un pasatiempo atípico, una auténtica pérdida de tiempo, se había perfeccionado hasta el punto de hacerle parecer irresistible; resultaba imposible no amar su fragilidad, su falta de tiempo, su urgencia. Entraba en las ciudades corriendo y dando voces: ¡Soy Alexis Sampedul y estoy aquí para no quedarme!

Así lo hizo también en Cuzco y funcionó: nada más poner un pie en la ciudad, una mujer le abrió las puertas de su casa, Anahuarque se llamaba y vivía en el barrio de San Blas. Era tan fea como sólo pueden serlo las mujeres malvadas o mezquinas; esas cuya dignidad se apoya en la del ser al que atormentan, es decir, su marido; en este caso Agustín Serquén, en otros tiempos un artesano próspero -fabricaba figuritas de santos para los turistas, que al comprarlas se sentían próximos a la trascendencia de un pueblo milenario (ahora ocupado en sacarles los cuartos)- y al que, aunque seguía vivo -más o menos-, Anahuarque siempre se refería utilizando tiempos pretéritos, como si la agonía que alargaba sus horas en la cama contigua hubiese terminado y el bueno de Agustín ya no existiese. Pero existía y sufría y no podía hablar o moverse y de alguna manera que Alexis Sampedul (1) no podía comprender, esto excitaba a Anahuarque, Ana la llamaba él, haciendo que se empeñaba en acostarse, en desnudarse y follar con Alexis (1), así, sin el 1, lo llamaba ella, junto al futuro cadáver de su marido. Y aunque a Alexis Sampedul (1) le repugnaba el cuerpo marchito de Ana, sexagenaria y cruel, y le conmovía la carne inmóvil de Agustín, lo cierto es que en Cuzco hacía frío y no tenía otro lugar en el que refugiarse.

Y es que sus dos primeras amantes y caseras en Cuzco vivían sólo para ver morir a sus maridos. De las dos tuvo que huir, de las dos tuvo que refugiarse y para hacerlo siempre tenía que rendirse a los pies de su siguiente protectora, de su siguiente carcelera, de su última tortura. Eran vecinas y mujeres de artesanos, todas viejas y viciosas como el aire de las tumbas ya excavadas de sus vivientes maridos. Su tercera amante, Qhawa -la que vigila, significa su nombre- no era diferente en nada, en nada era especial, salvo por un detalle: tenía dos hijas. Yllari, la mayor, de veinte años, dulce e idealista, concebida en el mayor de los pecados -no era hija del que se hacía llamar su padre- y en mayor de los placeres -su verdadero padre, un tal Briceño, era un campesino que se hizo conocido en otro tiempo por el descomunal tamaño de su “verga”-, no tardó demasiados días en rendirse a los encantos de Alexis Sampedul (1), en entregar sus rizos negros e imposibles a la piel curtida del viajero.

Breve inciso aclaratorio

Publicado en Prosa con etiquetas , , , el Noviembre 8, 2009 por Nano

1-      Alexis Sampedul (1): Tiene cuarenta años cuando llega a Perú. Le duelen las entrañas y sabe que no puede quedarse en ningún sitio, Alexis Sampedul (2) le sigue. Fuma cigarrillos negros sin moderación. Fue rubio hace algún tiempo, ahora tiene el pelo castaño y ligeramente rizado u ondulado; siempre lo lleva despeinado. Aunque no tiene hambre, está delgado y se le afilan los rasgos cuando no se deja crecer la barba -en Perú la lleva. Tiene los ojos abiertos y verdes.

2-       Sara Oberkampf: Tiene veinticuatro años cuando conoce a Alexis Sampedul (1), sigue teniéndolos cuando conoce a Alexis Sampedul (2). Lleva escrito en la piel el placer de la sexualidad pospuesta. Es alta, más para los cánones peruanos, y su pelo, negro, muy negro, le tapa los pechos cuando está desnuda. Sólo es capaz de mirar a los ojos de Alexis Sampedul (1 y 2).

3-      Alexis Sampedul (2): Tiene cuarenta años cuando llega a Perú. Le duelen las entrañas y sabe que no puede quedarse en ningún sitio, está siguiendo a Alexis Sampedul (1). Fuma cigarrillos negros sin moderación. Fue rubio hace algún tiempo, ahora tiene el pelo castaño y ligeramente rizado u ondulado; siempre lo lleva despeinado. Aunque no tiene hambre, está delgado y se le afilan los rasgos cuando no se deja crecer la barba -en Perú la lleva. Tiene los ojos abiertos y verdes.

4-      Alexis Sampedul (1) y Alexis Sampedul (2) son hermanos. Gemelos. Idénticos.

Sara Oberkampf (Fragmento)

Publicado en Prosa con etiquetas , , , el Noviembre 6, 2009 por Nano

Sara Oberkampf se llama Sara y se apellida de otra forma. Tomó prestado el Oberkampf del cartel publicitario del Chat Noir (Imp. Charles Verneu, 114, rue Oberkampf) -un cabaret parisino de finales del siglo XIX- que adornaba los austeros muros de su oficina y que ella, harta de respirar el aire viciado de los trabajadores y sumida en el trance que provoca la luz difusa de los neones y el zumbido de las computadoras y los datos y los lápices y los teléfonos, se empeñaba en convertir en un falso ventanal sobre el que refugiarse, sobre el que construir un mundo paralelo repleto de cabareteras, humo y chupitos de absenta. Pero vuelve y despierta y abandona el placer porque allí todo sabe a fotocopias, a ozono, a horas laborables y Sara, la que se apellida de otra forma pero se hace llamar Sara Oberkampf, sabe que no será capaz de acomodarse, de someterse o prosperar entre esos muros, entre papeles e informes y días comunes, sabe que tarde o temprano tendrá que huir, que separarse de lo que es y perseguir lo que será o lo que quiere ser o lo que nunca podrá alcanzar y, a pesar de todo, está dispuesta a perseguir.

Llegó a Perú dando término a un viaje que ni siquiera había comenzado; tenía veinticuatro años. Antes de llegar y después de haber dejado su trabajo en la oficina/cabaret, había sido camarera en Madrid, niñera en Barcelona, fisioterapeuta mística en Salamanca, refugiada en casa de sus padres en La Coruña y figurante especializada en beber cerveza en todas las series y películas que requirieron sus servicios -que fueron muchas-. Pero ahora está en Perú y lo está porque la mañana que renunció a su puesto de trabajo tenía sabor a vómito y a asfalto y no tuvo tiempo de ducharse, porque soñó con un viaje, con los conquistadores enfrentándose a la muerte por la gloria y un paraíso que nunca pudieron alcanzar. Se marchó y, al despedirse, no se molestó en reprocharle nada a nadie o en discutir sobre las cláusulas que defendían sus derechos contractuales, simplemente dijo adiós y no volvió jamás a utilizar su nombre. En el umbral de la puerta y bajo la atónita mirada de sus viejos compañeros, se vació una botella de agua sobre la cabeza y proclamó: ¡Soy Sara Oberkampf y he venido a este mundo a ser feliz! ¡A ser fel…! y después se volvió, chocó con la puerta de cristal, se recompuso y con el pelo empapado y arrepintiéndose del frío que sentía (y del que todavía tendría que sentir) se marchó caminando entre las brumas ficticias de un polígono industrial.

A ser feliz llegó a Perú y al ver las sombras en Cuzco, al contemplar las miserias de una ciudad que amontona viajeros, que aglutina paisajes de otra época, que marchita, que envilece, que ensalza la virtud en tanto que escasea, supo que lo sería, al menos por un tiempo; allí habría de serlo o intentarlo o fracasar, allí sería, aquel era un destino perfecto para un viaje sin salida. Como todos los europeos que huyen de una realidad que les destruye, buscó en la cooperación la excusa que necesitaba, así, manchándose las manos limpiaba su conciencia. Al mismo tiempo, todos sus compañeros perdían el tiempo acostándose los unos con los otros, experimentando con las drogas locales, bebiendo, fumando, ¡viviendo! Mientras tanto, ella vestía al desnudo, confortaba al solitario, cuidaba del enfermo y daba de comer al hambriento; la expulsaron de la organización un mes después de llegar, había engordado diez quilos y los niños seguían teniendo hambre. Además ninguno confiaba en ella: no había querido acostarse con nadie y era feliz y había superado las miserias que arrastraba; una misionera lamentable, concluyeron. Todos la odiaron y la señalaron. Me gusta el dulce de leche, se justifico delante de unos niños que la respetaban al borde del desmayo, del apetito desmedido e injustificable para quien ha nacido saciado, lleno o simplemente plenamente insatisfecho.

Pero Sara Oberkampf estaba en lugar correcto. Conocía el fracaso y Cuzco no tenía nada que ver con su desolación. Aprendió convivir con los tugurios, siendo capaz de mantener el sexo ocupado entre las piernas de otra gente -mientras ella servía copas en Mamá África (el peor/mejor local de la ciudad) los clientes practicaban sexo oral apoyados en las paredes, disfrutaban los unos de los otros-. Todos las respetaban allí y en medio de toda aquella sordidez pudo sentirse limpia por primera vez. Entre todas aquellas putas y bandidos camuflados de hombres corrientes -en aquel lugar lo eran-, entre todas esas almas perdidas a medio camino entre la felicidad y el desamparo, sin ganas de aprender a ser distintos, de prosperar o decaer, sin ganas de cambiar, viviendo al día, empeñados en meter o en que le metan o en sacar en el que le saquen el sudor por las entrañas, el placer por los poros y el dolor por la saliva, allí, Sara Oberkampf por fin pudo encontrar su sitio.

Así, en el orgasmo

Publicado en Prosa con etiquetas , el Noviembre 4, 2009 por Nano

Alexis Sampedul (2) busca en la piel sobre la que descansa, sobre la que disfruta, sobre la que ama y vive -hoy vive, mañana ya habrá huido- y sufre, el rastro dejado por esas manos parecidas a las suyas, las manos primerizas o primigenias, las que antes le guiaron hasta esa casa, hasta ese cuerpo, hasta ese amor y ahora le guían por los recovecos de una piel construida sobre el placer que otro le ha dado, que otro ha abandonado, que otro, o él mismo, o ese que se parece tanto a sí mismo, dejó a su merced, consciente de que sus pasos llevarían a su alter ego a heredar los días y las horas que él perdía, también sus luces y sus sombras, y su sexo, siempre su sexo -el de ambos-, siempre su amor, su falsa fidelidad, su letanía repleta de sábanas mojadas o sudadas o vacías, su eternidad al borde del fracaso o del pudor o del orgasmo.

Y así, en el orgasmo, se unen los que son con los que han sido; en un rincón del alma o de la carne, son uno mismo, por una vez o varias, por un lugar, por unas piernas abiertas, por una entrega sincera, por un cuerpo amigo sobre el que derramar las lágrimas que tantas veces se han empeñado en separarlos. Así, en el orgasmo que eriza el vello de los brazos de Sara, de Sara Oberkampf, joven y hermosa y enamorada de ellos, de los dos, del único Alexis Sampedul que forman sus dos versiones (1 y 2) para ella. Así, en el orgasmo, Alexis Sampedul (2) reconoce los síntomas concretos, las huellas dejadas por su origen, por el que abre el camino que recorren, y se pregunta si el nombre que grita la mujer que ama es el suyo, o es el de ese otro yo con el que se comparte, si es su espalda en la que se clavan esas uñas que siente y que le dañan cuando imagina en otro cuerpo -aunque sea igual al suyo-. Así, en el orgasmo, Alexis Sampedul (2) no sabe o no quiere o no puede distinguirse de su espejo, de su patrón, de su condena, de su guía.

Al final te estaré esperando

Publicado en Prosa con etiquetas , , , el Noviembre 4, 2009 por Nano

Lejos es, algunas veces, una manera de vivir irrenunciable y por lo tanto absurda; todo absoluto conlleva una existencia miserable, sólo en lo inútil, sólo en lo prescindible, existe una certeza próxima a la relatividad, única verdad digna de su nombre; Alexis Sampedul (1) lo sabe y lo practica, se esconde lejos, bien lejos, justo antes de iniciar un camino de vuelta hacia un origen que nunca tuvo, que nunca quiso tener, hacia un hogar del que nunca formó parte o si lo hizo, lo hizo como un mueble, como una herencia pobre, como una repetición, como un castigo, ¡lejos!, bien lejos, maldice y fuma sobre las nieblas húmedas del invierno de los incas; allí espera Alexis Sampedul (1), allí consume sus pulmones mientras se sabe perseguido y representado en las manos exactas que otro lleva con su mismo nombre, ¡Alexis Sampedul!, grita hacia el vacío que guía los días de una ciudad repleta de cadáveres futuros, no es un nombre único, Alexis Sampedul no es un ser irrepetible, otro le busca llevando puesto el mismo nombre, el mismo rostro, la misma piel, la misma sangre, los mismos cigarrillos guardados en bolsillos de camisas similares. Llevan años separados por un número de pasos limitado, por una sombra inerte, por una pared de aire y luz y miedo, alejados por la exactitud de dos cuerpos imposibles de diferenciar, por una identidad que comparten y por una realidad que no hace más que dividirlos. En el Perú, Alexis Sampedul (1) hizo el amor con seis mujeres, dos eran casi niñas, no tendrían más de dieciocho años, tres estaban casadas y vivían esperando por una viudedad que siempre se les escapaba entre los dedos, y la última de ellas era hermosa y joven y fácil de amar. Alexis Sampedul (1) la amó y la ama. Alexis Sampedul (2) también lo hizo y también lo hace.

Alexis Sampedul

Publicado en Prosa con etiquetas , , , el Noviembre 3, 2009 por Nano

Alexis Sampedul ama lo itinerante, lo que muda y todo lo que puede o debe abandonar. Ahora se pregunta si ha hecho lo correcto huyendo hacia un lugar cercano, si en la proximidad estará seguro, si en el cobijo común, si en el hogar, o en lo que un día pudo o quiso ser su hogar -quizá lo fuese, quizá no-, será capaz de no sentirse insatisfecho, atrapado o detenido, limitado por los pasos vueltos del revés, por el retroceso de un arma construida para herir al que dispara, al que por no morir se mata, al que se hace preguntas para no encontrar respuestas, para seguir buscando y no volver a casa, para escapar. Porque después de haber estado y haber sido -especialmente para el que ha sido, para el que se ha empeñado en ser- y visto, oído y, en ocasiones, lamentado, celebrado o asumido, tantas cosas unidas por su diferencia, por su inabarcable diferencia, por el cambio constante, por la rotación, la huída o la tormenta, por el viaje, en resumen, Alexis Sampedul sabe que su camino de vuelta hacia lo cotidiano, hacia la paz podrida de los que no se hablan, de los que no se escuchan o de los que no tienen nada que decirse y callan o, lo que es peor, hablan sobre el clima o el amor, sólo le puede conducir hasta el olvido, el fracaso o lo que más le asusta: la más absoluta felicidad.

 

No sé no llegar a tiempo (Capítulo I)

Publicado en Prosa con etiquetas , , el Octubre 12, 2009 por Nano

No sé no llegar a tiempo. Aunque lo intento constantemente, no puedo o no quiero, no lo sé, siempre estoy allí cuando me esperas y cada vez que llego empiezo a arrepentirme, a tragarme el orgullo, o lo que queda de él, algo parecido a lo que en un tiempo pudo ser la dignidad o la autoestima. Me esfuerzo en apurar el paso, en saltar por encima de los semáforos y los autoestopistas. Peleo contra una ciudad hostil empeñada en darme la razón, en señalarme el camino que me aleje de casa, de tu casa, la que fue mía y que ahora sólo piso cuando no sé no llegar a tiempo, una ciudad que trata de ayudarme a cumplir mis planes reclamando mis promesas, poniendo obstáculos entre tu sombra y mis pasos, entre nuestra saliva, perdón, antes nuestra, ahora tuya y mía, maldiciendo tu nombre, dando forma a un clima repleto de tranvías pasando de largo, de atracadores y de mujeres hermosas, otras mujeres dueñas de otras hermosuras, ofreciéndose a perder el tiempo entre mis dedos, pero ningún contratiempo basta, no sé no llegar a tiempo cuando eres tú la que me llama, cuando es tu piel la que me busca, cuando es tu sed la que me seca la boca. Entonces, cuando me esperas, no te quiero, ya nunca te quiero en realidad, lo cierto es que muchas veces me he atrevido a despreciarte en público, a señalar tus defectos, a inventarme algunos que no tienes, a curar mis heridas haciéndote sangrar o llorar o reír -hace tiempo que no sé lo que te importa-. Pero a pesar de todo, y quizá precisamente por todo el rencor que te guardo, estoy allí antes de que todo comience, justo a tiempo para ayudarte, para protegerte, para ser y estar y después desear no haber sido ni estado, ni haberte protegido ni haberte ayudado, ni haber pensado en hacerlo ni haber deseado no hacerlo o deshacerlo. Nunca consigo ser fiel a mi estrategia, supongo que así tiene que ser la culpa, reincidente y autorreferencial, como una espiral concentrándose cada vez más rápido y más cerca, sí, mucho más cerca, alrededor de un núcleo abocado a la catástrofe que nacerá de su propia salvación o de su muerte. O de la mía.