Estoy solo y no hay nadie en el espejo
noviembre 25, 2011
Estoy solo y no hay nadie en el espejo.
JORGE LUIS BORGES.
Finge ahora,
busca una luz inmóvil
y aférrate a este instante perdido,
a esta sombra que intenta capturarnos
en la pared.
Prométeme que nunca,
que nunca más,
que todo era mentira,
que nada es perfecto, que nada va a serlo…
y luego haz lo que puedas
para dejarme atrás,
para negar que hayamos existido.
Que perdure la ausencia,
que desista el arraigo
y los espejos no guarden memoria
de lo que reflejaron.
Times maybe, not me
noviembre 1, 2011
Henry McCarty nace a finales de 1859 probablemente en Nueva York y aunque en aquella época, especialmente para un irlandés (o hijo de irlandeses) de Nueva York, ser estibador o policía era lo más común y razonable; el futuro de Henry McCarty tendría muy poco de común y mucho menos de razonable.
¡Ah!
Aunque todos le respetan es consciente de que sus días ya se están terminando. No es que haya sido más de lo que es, sino que lo que es está muy cerca de convertirse en un recuerdo, una cifra, una pensión, un armario lleno de corbatas sin usar. Todo le irrita. Percibe la condescendencia en los gestos sutiles de los que, por ahora, siguen siendo sus subordinados. Los saludos, los golpecitos en la espalda y las sonrisas sinceras -¡Sinceras!- Se lamenta cada vez que le sonríen con amabilidad, enseñándole los dientes con simpatía y sin ningún rastro de envidia, ambición o simple y mezquina adoración. Ya ni siquiera le hacen la pelota. Ahora que saben que no es una amenaza para sus respectivos futuros, sus compañeros se permiten el lujo de cogerle cariño, de tratarlo como a los trastos viejos; es decir, con cuidado. Se sabe acabado.
Antes bastaba con tener buena pinta, ser espabilado, llevarse bien con los clientes y no desagradar demasiado a los superiores. Ser ejecutivo entonces era un trabajo sencillo para unos pocos, él estaba entre los elegidos. Siempre supo manejar las apariencias, adaptarse al entorno y ser el mejor en lo que había que serlo. En aquellos días, previos a la liberación sexual, tener éxito con las mujeres era el mayor de los dones. Él lo tenía.
Ahora todo es diferente. Los nuevos ejecutivos hablan varios idiomas, dominan la informática y quieren a sus mujeres -¡Las quieren de verdad!-. Que él siga acostándose con su secretaria (que, lamentablemente, no es tan atractiva como antes) es visto por sus compañeros como una anécdota simpática, como un resquicio de los viejos tiempos -¿Han visto Mad Men? Entonces saben de lo que hablo-. Él no es capaz de comprender como un mismo hecho ha pasado en tan poco tiempo de la celebración al ocultismo. No puede evitar preguntarse por qué ya nadie mira el culo de las secretarias.
¡Cuidado, cuidado, cuidado!
En 1870 deja las calles de Nueva York para trasladarse a Wichita, Kansas. Allí, junto a su madre y su hermano, regenta una lavandería. Son años estables. Su madre, Catherine McCarty se casa con un buen tipo, William Henry Harrison Antrim. Henry y él se llevan bien. Pero la tranquilidad nunca duró mucho en la vida de Henry. En 1874 Catherine muere de tuberculosis y William H. H. Antrim abandona a Henry y a su hermano a su suerte.
Mintió. Mintió mucho para alcanzar su puesto. Todos creen que está casado. Es mentira, nunca lo ha estado y hasta hace no mucho nunca lo había pretendido. Ser soltero no estaba muy bien visto en sus días, por lo menos serlo de forma prolongada. Si bien, el hecho de ser un mujeriego era motivo de orgullo y envidia y por lo tanto una de las fórmulas del éxito en aquellos tiempos, lo cierto es que no se entendía que uno no se atase a una mujer para crear una familia. Se comprendía, incluso se celebraba, el adulterio, lo que no se aceptaba era la promiscuidad sin consecuencias. Pesaban menos las conciencias si todos eran culpables. Por eso mintió entonces.
Al principio se centró en la conquista de las chicas más guapas. Tuvo éxito y sin embargo, esos triunfos no repercutieron en ninguna mejora salarial, suma de responsabilidades o aumento de confianza por parte de sus superiores, de hecho todos le despreciaban por ser libre y joven y guapo y tener éxito. No podían soportar que disfrutase de la vida sin pagar ningún peaje. Tardó poco en aprender y menos en rectificar. Una mañana llegó a la oficina asegurando que se había casado. Todos creyeron que lo había hecho de penalti. No se molestó en negarlo. De repente sus continuados éxitos con las mujeres pasaron de ser criticados a ser compartidos por sus compañeros. Sus jefes se convirtieron en cómplices: el adulterio era una válvula de escape para todos ellos. Y un matrimonio de penalti era, a ojos de todos, un lugar del que huir por lo menos dos o tres veces por semana. No tardó mucho en llegar a ser la estrella del lugar.
¡Déjame en paz!
Es el último que queda de la vieja guardia. Tiene sesenta y tres años. Hasta ahora ha conseguido mantenerse en la empresa gracias a la amistad personal que le unía con el propietario de una de las compañías más grandes a las que aseguran. Su amigo ha muerto y su futuro empieza a parecerse al de todos los de su generación: van a prejubilarlo -bastante suerte ha tenido al resistir hasta los sesenta y tres; otros, casi todos, se fueron antes y ahora van a clases de pintura o tocan el órgano para pasar el tiempo-. Todos lo saben y todos actúan en consecuencia. Él no es una excepción. Los tiempos cambian y en el nuevo paisaje empresarial no tienen cabida las viejas glorias. Ya no sirve de nada el carisma, el encanto personal o la seducción. Todo lo que importa es la eficiencia y la responsabilidad. Antes los habrían despedido por no beber y por querer a sus mujeres. ¡Si hasta piden días libres para cuidar de sus hijos!
En Silver City, Nuevo México empieza a hacerse llamar William H. Bonnie. Con sólo catorce años comienza su carrera delictiva al unirse a la banda de “Sombrero Jack”. Desde entonces ya nunca dejará de meterse en líos.
Le encantan las películas del Oeste. No puede evitar sentirse identificado con todos esos tipos duros, seguros de sí mismos y decididos a luchar por lo que es o debería ser suyo. No comprende la posmodernidad ni el desencanto: el mundo es un lugar difícil y hay que aprender a sacarle partido. Ha construido una vida hecha de placer y de dolor. No hay lugar para la angustia. Los viejos héroes eran conscientes de su caducidad. Sobre la libertad de los primeros días crecían las alambradas y los ranchos daban forma a las antiguas praderas. Después sería peor. Llegarían las ciudades y las leyes para hacer de los simples forajidos empleados de banca. No de los héroes, ellos sabían vivir con dignidad y morir con las botas puestas: enfrentando a la modernidad su puntería, dando fe de su de invariabilidad. Y así es él, o así se siente. Enrocado en sí mismo, orgulloso. Por eso se tiñe el pelo y va al solárium. Él es un seductor. Ahora y siempre.
“Henry McCarty, que fue arrestado el jueves, siendo retenido en la prisión para evitar la actuación del gran jurado, bajo la acusación de haber robado unas ropas a Charley Sun y Sam Chung, del Celeste Imperio, huyó de su encierro ayer deslizándose por la chimenea. Se cree que Henry fue, simplemente, un auxiliar de “Sombrero Jack”, quién cometió el robo, en tanto que Henry se ocupó de ocultar lo robado. Jack ha desaparecido.”
Está enamorado de su secretaria, lleva mucho tiempo estándolo. Se llama Marta y tienen una relación “extramatrimonial” desde hace más de quince años. En realidad los dos son solteros, pero él mantiene el tipo y huye hacia delante, todos creen que está casado; Marta también. Importa poco que se muera de ganas de vivir con ella o que se sienta estúpido negándose a verla algunas noches sólo para poder mantener la farsa de sus obligaciones conyugales. Todas las Navidades, todos los veranos los pasa solo, lamentando el hecho de verse obligado a discutir con Marta por desatenderla en favor de una familia que nunca ha existido. Le encantaría casarse con ella pero no puede. Mintió y será fiel a su mentira hasta las últimas consecuencias.
¡No. No vayas!
Llega a Lincoln, Nuevo México, en 1877. Entonces Henry McCarty, alias William H. Bonnie, ya es conocido como Billy “The Kid”. Allí comienza a forjarse su leyenda. Participa en la Guerra del condado, un conflicto entre ganaderos locales. Comete varios asesinatos.
Hace tiempo que los jóvenes del lugar dejaron de tenerlo en cuenta. La universidad produce estándares y los modelos que se alejan de los patrones productivos ya no interesan a los recién llegados. Se saben preparados, capaces y eficientes. Y lo son, no puede negarse. Pero él no está dispuesto a adaptarse a ellos. No va a cambiar, lleva toda la vida enfrentándose al día a día con un cuchillo entre los dientes y no tiene la más mínima intención de dar un paso en otra dirección. Va hacia delante, sólo hacia delante. Camina hacia el precipicio, sus días se acaban y lo sabe. Sólo espera poder ser fiel a sí mismo cuando llegue el momento.
¡Ayúdame! ¡Para, para!
Nada le conmueve más en este mundo que Pat Garret & Billy “The Kid”, la versión que rodó Sam Peckinpah de los últimos meses de vida del bueno de Henry McCarty. Últimamente piensa muy a menudo en una secuencia concreta. Se trata del encuentro que se produce en casa del señor Horrel (Gene Evans) entre Alamosa (Jack Elam), otro antiguo forajido y amigo de Billy (Kris Kristofferson) metido a Ayudante de Sheriff, y el propio Billy. Allí se concentra el espíritu de la cinta. Esa lucha entre las leyes naturales y las civiles, esa pugna entre el deber y la amistad llevada hasta el límite de matar a un viejo compañero únicamente por ser fiel a uno mismo. Le impresiona ver cómo dos amigos se sientan juntos a comer sabiendo que en cuestión de minutos tendrán que batirse en duelo. La muerte civilizada, la resignación, la falta de expectativas. Los tiempos cambian, pero a Alamosa, herido de muerte y sin guardar ningún tipo de rencor para su amigo y asesino, Billy, lo único que le consuela no es el haber cumplido con su deber, sino el hecho de pasar a formar parte del imaginario colectivo, de tener un lugar entre los mitos del tiempo que se termina. Al menos se hablará de mí, son sus últimas palabras. Y así espera terminar él, quiere dejar huella, formar parte de la memoria de los otros. Sabe que su tiempo ha terminado y todo que puede y quiere ofrecer al mundo es un final digno de su nombre: una leyenda.
Después de la Guerra del Condado, Billy pasa a ser un pistolero enemistado con el terrateniente local, John Chisum. El pueblo de Lincoln elige a Pat Garret, un viejo forajido y amigo de Billy, como Sheriff con la única misión de capturarlo. Le ofrecen una recompensa de 5000 dólares si lo consigue. Garret no tarda mucho en detenerlo. Henry McCarty es condenado a muerte: moriría el 13 de mayo de 1881. Billy “The Kid” consigue fugarse un día antes de ser ejecutado.
No cree que la realidad pueda superar a la ficción, por lo menos no a la buena. Le comunican su inminente prejubilación exactamente una semana antes de que ocurra. Cuando su jefe habla con él no puede evitar recordar la conversación que Garret (James Coburn) mantiene con Billy antes de tomar posesión de su cargo como Sheriff. No le gusta la idea de perseguir y detener a su amigo pero está dispuesto a hacerlo para sobrevivir. Son las dos caras de una misma moneda, dos maneras de enfrentarse a un mundo que cambia. Garret tratando de adaptarse y Billy apuntando hacia a un futuro que sólo puede terminar con él muerto y enterrado. Times are changin’ Billy, le advierte Garret. Times maybe, not me, responde el forajido, consciente de las consecuencias. Agradece a su jefe la franqueza y decide tomarse el resto de la semana como un último combate: se tiñe el pelo a diario, saca del armario sus mejores trajes e intenta ligar con todas las secretarias. No tiene éxito; ya no. Todos le responden con cariño y ternura. No lo soporta.
¡Mierda!
Muchas películas han contado esta historia. El 14 de julio de 1881 Henry McCarty, alias William H. Bonnie, alias Billy “The Kid” muere a manos de su amigo, el Sheriff Pat Garret, en Fort Summer, un viejo poblado medio abandonado. Lo estaba esperando oculto en una habitación de la casa de Pete Maxwell, un amigo común, en la que el forajido se refugiaba.
El último día es el más largo de todos para él. Todos le felicitan y se muestran amables y condescendientes. Es incapaz de disfrutar del cariño que le muestran. Provoca a todo el mundo, busca pelea y trata de conseguir nuevos clientes hasta el último minuto. Quiere morir con las botas puestas. Todos le admiran por ello. Él no los comprende. No soporta la idea de ser recordado con cariño, como si no fuese más que un viejo inofensivo.
Se insinúa ante todas las mujeres que pasan por la oficina y fracasa una y otra vez. Ese no es final que se merece. Todos deben recordarlo como lo que fue en su esplendor. Una estrella brillando entre un montón de gente prescindible. Se merece un lugar en su memoria y sólo tiene unas horas para conseguirlo.
Billy murió tal y como había vivido: empuñando un arma. Aunque esta vez no tuvo la oportunidad de disparar. Su viejo amigo Pat Garret, Sheriff del Condado de Lincoln, disparó dos veces sobre él antes de que Henry, William o Billy pudiese percatarse de su presencia.
Está a punto de rendirse. Lo ha intentado de todas las maneras posibles y ha fracasado. Quizá deba asumir que ya no es lo que era, que ha sido derrotado por los tiempos. Marta, su secretaria con la que mantiene una falsa relación extramatrimonial que se supone secreta y que en realidad es conocida por toda la oficina, se apiada de él y acude en su rescate. Se planta delante de su mesa y le da un beso. Todos miran la escena divertidos. Él se crece, se levanta, se ajusta la corbata y se la lleva en dirección al ascensor. Todos lo celebran aplaudiendo. El final soñado empieza a acercarse. Se besan mientras bajan quince pisos. Durante el trayecto incomodan a los que les acompañan dando rienda suelta a su pasión. El ascensor se detiene, se abren las puertas y entran en el aparcamiento sin dejar de besarse. Aunque está oscuro, no tienen miedo. Caminan hasta su coche, un Mercedes anticuado. Entran. Él se sienta. Ella se sienta encima. Siguen besándose. Ahora se alegra de haber tomado Viagra por la mañana.
Los vecinos de Fort Summer velaron durante toda la noche el cuerpo sin vida de Henry McCarty. Para ellos siempre sería Billy “The Kid”, uno de los suyos; probablemente el mejor de ellos. Su amigo y asesino Pat Garret se sumo al duelo de todos los presentes. Al día siguiente lo enterraron con toda la dignidad que pudieron ofrecerle.
En la oficina todos ríen y celebran. Se muestran satisfechos de su pequeña victoria. El día a día todavía les es familiar. Se sienten invencibles y homogéneos. Viven su esplendor sin ser conscientes de que sus momentos de gloria también encontrarán un final y probablemente será incluso menos digno que el suyo: acabar acostándose con una cincuentona en un aparcamiento en horario de oficina no está al alcance de cualquier prejubilado.
Hacen el amor aunque él se empeñé en decir que follan. Marta le ha regalado el final que siempre había soñado. En el aparcamiento son varios los jóvenes ejecutivos que se sorprenden, escandalizan y divierten al descubrir la escena. Es sencillo identificarse con los que son fieles a sí mismos (especialmente cuando ya están acabados). Y un seductor y un mujeriego que antepone estas cualidades a sus propias limitaciones es un tipo digno de elogio.
Y aunque todo parece ir bien, lo cierto es que algo va mal. Muy mal.
¡Ah!
Ahoga un grito entre los pechos desnudos de Marta. Los dos han sentido un crujido seco y han dejado de moverse. Marta levanta su pierna izquierda y se coloca despacio a su lado. Él no se mueve ni habla, sólo aguanta el dolor y aprieta los dientes. Marta se inclina sobre él y extiende la mano sobre su cadera.
¡Cuidado, cuidado, cuidado!
Está rota. Está claro que está rota. Marta quiere pedir ayuda. Él asegura que no la necesita. Intenta moverse y no puede evitar lanzar al aire un grito hueco y redondo. Ese no es el final que deseaba. No puede marcharse haciendo el ridículo. Marta se sube las bragas e intenta convencerlo para que deje a un lado el orgullo y le permita llamar a una ambulancia.
¡Déjame en paz!
Los dos permanecen sentados en silencio preguntándose qué hacer. Marta asegura que va subir a la oficina a pedir ayuda: no puede permitir que se quede ahí con la cadera rota sin hacer nada. No le importa la humillación, ella le quiere y eso no va a cambiar por nada. Él ruega y solloza dando fe del poco orgullo que le queda.
¡No. No vayas!
Y ella se enternece y termina cediendo: está enamorada. Él sigue empalmado, desventajas de la pastilla azul. Y se siente ridículo con los pantalones bajados.
¡Ayúdame! ¡Para, para!
Y fracasan en el intento de subírselos. El dolor es demasiado intenso. Marta insiste en pedir ayuda y él ya no tiene ni las fuerzas ni el orgullo suficientes para negarse.
¡Mierda!
Asume que su final no puede ser menos digno. Está avergonzado.
Nadie recuerda a Henry McCarty. Pocos a Pat Garret. Pero todos saben quién fue Billy “The Kid”. Hoy en día se ha convertido en una atracción local. La gente viaja cientos de millas hasta Fort Summer para visitar su tumba. Es un mito americano, un héroe del salvaje Oeste, un símbolo de los tiempos en los que la libertad tenía como único límite la muerte.
Marta ha vuelto y los jóvenes ejecutivos rodean el coche. Sólo le queda asumir que sus días han pasado y que ha perdido la batalla contra el cambio. En un acto reflejo baja los seguros del coche; no está dispuesto a recibir ayuda. Lo peor de todo no es hacer el ridículo, lo más grave es que todos lo comprendan y traten de colaborar sin juzgarlo o sin reírse de él. ¿Cómo enfrentarse a una masa favorable? Se tapa el pene erecto con las manos y se imagina a todos los presentes repitiendo y repitiendo: Times are changin’ Billy.
Para Garret sobrevivir a un mito como Billy “The Kid” sólo pudo ser una condena. Asumiendo que nunca podría despegarse de la leyenda de su antiguo amigo, en 1882 el viejo Sheriff publica un libro titulado: The Authentic Life of Billy the Kid. Aunque la intención inicial de Garret era la de elevar su nombre sobre el del forajido, lo cierto es que el libro no hizo más que sumar más épica al relato del héroe siempre fiel a sí mismo.
Marta intenta convencerlo para que le deje entrar en el coche. Él niega con la cabeza con rabia, como poseído por un último aliento de vida. Se hincha de orgullo al verse desnudo y rodeado de gente. Los tiempos cambian sólo para los cobardes, quizá ese sea el mejor final de todos. Las luces de la ambulancia que llega para auxiliarle se reflejan en el espejo retrovisor. No puede soportar más el dolor. Él es el último de una vieja estirpe y como tal va a terminar. Al menos se hablará de mí, piensa mientras levanta las manos para exhibir ante todos los presentes una última y magnífica erección.
Times maybe. ¡Not me!
Mierda, es fea
octubre 17, 2011
Le gustaría atreverse a responder con la verdad: mierda, es fea. Decirlo así, con la boca pequeña y sin acritud, tal y como lo pensó en aquel momento. Pero hay respuestas que no caben en sus preguntas. La vida le ha enseñado algo, poco, pero suficiente para saber que la sinceridad es prescindible, especialmente en una relación. Así que musita una respuesta capaz de darle unos minutos de tregua. Funciona. Aprovecha el tiempo concedido para recordar aquel primer encuentro. Las manos sudorosas y la americana nueva. La última ruptura aún era reciente y su vuelta al mercado era, con toda seguridad, precipitada. Pero él no había elegido estar soltero y, desde luego, no estaba dispuesto a perder la batalla contra su ex quedándose en casa. Así que allí estaba, preparado para todo. Perfumado y con el pelo limpio. Su amiga Marta se empeñó en arreglarle un encuentro con Lucía, una de sus compañeras de trabajo, y como sabía que su ex ya se estaba viendo con alguien, no pudo hacer otra cosa que aceptar. Llegó un poco antes de la hora convenida. Pidió un café y fumó un par de cigarrillos con cierto nerviosismo. Hacía casi tres años que no tenía una cita y se sentía capaz de fracasar de todas las maneras. Su segundo café coincidió con la entrada en el local de Lucía. La decepción crecía con cada paso que daba hacia la mesa. Ya sentados, después de las presentaciones y un par de chistes sin gracia correspondidos con unas risas carentes de convicción, trataron de avanzar en una conversación que a ninguno de los dos les interesaba. La noche era fría y los dos estaban solos. Una botella de vino y dos gin-tonics después, él quiso suponer que ella era atractiva. Ella fingió que él le parecía interesante. La casa de él estaba más cerca y aunque no lo dijo, había cambiado las sábanas esa misma tarde. Ella se había depilado justo antes de salir de casa. Así que… Rápido y precipitado. Funcional. Y aunque él estaba seguro de haber fracasado en casi todo, agradeció que ella se empeñase en sobreactuar. Repitieron a la mañana siguiente. Y a la siguiente. Y a la siguiente. Y aunque nunca alcanzaron un éxito del que congratularse, poco a poco fueron acostumbrándose el uno al otro. Por eso, ahora, nueve meses después de aquel encuentro, cuando la desnudez que comparten les incomoda lo justo como para no desearse del todo, pero no lo suficiente como para marcharse, a él le gustaría responder con la verdad a la pregunta de Lucía. ¿Qué pensaste al conocerme?, repite ella. Y él, justo un segundo antes de enredarse en sus brazos, le responde que pensó que era preciosa.
Existen y les basta
octubre 16, 2011
La belleza convierte la epidemia
en esperanza. Unos quedan detrás,
existen y les basta
con sumar al domingo otra certeza.
Otros pelean, sólo eso.
Y todos lo demás
fracasan y son muy feos y aburridos.
La pasión sincroniza
la razón con la falta.
El que no pierde comete un exceso
al desear. Te he follado.
¿Y después?
La belleza convierte la esperanza
en epidemia, y los que siguen sólo
existen y les basta
con sufrir y lamerse las heridas.
Los orangutanes no ven más allá de la belleza
octubre 10, 2011
Se besan. Acaban de conocerse pero ninguno mentiría si afirmase que se aman. Importa poco lo artificial de sus comienzos, si él choco accidentalmente con ella en medio de la pista o si ella se abalanzó en busca de sus brazos, qué más da, el caso es que se besan. Ya conocen sus nombres, su ocupación y sus deseos inmediatos: pretenden acostarse. Sus amigos -los de él- observan la escena desde la barra. Celebran cada avance que consigue; la batalla está ganada desde hace tiempo pero aún así se hacen cómplices de todas las caricias. Recorren con sus ojos el libre albedrío de las manos, como los orangutanes, no ven más allá de la belleza. ¿Existe algo más? Está buena, está buena, se dicen los unos a los otros -les reconforta la inmediatez del amor y dan gracias a dios por los cubatas-. Ellas -las de ella-, a diferencia de los machos, analizan el contexto y buscan un rastro que les guie hacia el día de mañana. Es muy mono, hacen buena pareja… cuchichean y presienten que están ante el comienzo de algo perdurable. Siguen besándose. Ella piensa resistirse para parecer más atractiva. Él piensa en sexo anal. Están hechos el uno para el otro.
Pasan los minutos y los besos. Se toman un descanso y vuelven a sus respectivos campamentos. Los orangutanes balbucean ideas para las próximas horas; están muy influidos por el cine de autor y la pornografía. Las chicas, por su parte, celebran el romanticismo ocultando su envidia bajo palabras bienintencionadas -tía, qué guapo es-. Comparten una copa con los suyos intercambiando miraditas; el trato está cerrado. Él asegura que es la más bella que ha besado mientras sus amigos calculan el diámetro de sus tetas. Ella reproduce palabra por palabra el repertorio seductor de su captura. Los bandos enfrentados no se quitan ojo. Ellos cuentan piernas. Ellas se reparten el mercado. Todos quieren follar pero alguien tiene que tomar la iniciativa. Él da un paso al frente. Ellas reaccionan lanzando a la chica a su encuentro: ha llegado el momento de la proposición.
-Hola.
-Hola…
-Tus amigas nos miran.
-Y los tuyos.
-Quieren que te invite a ir a mi casa- Dice tratando de ocultar su nerviosismo.
-Ellas quieren que lo hagas- Le contesta sonrojada.
-¿Y tú?
Y ella le besa. Comienza de nuevo el ritual. Ellos brindan y se abrazan. Ellas aplauden y se mueren de envidia. Ella piensa en desnudarlo. Él no piensa: se controla. Están hechos el uno para el otro. Salen del local cogidos de la mano. Sus amigos y amigas se funden en un grupo; se abre la veda. Él y ella apuran las aceras en busca de un portal que los acoja. No les llegan las manos que tienen. Se aman. Se besan. Se recorren. Abren la puerta del ascensor. Ella entra y destapa sus cartas. Tiene los ojos del color de las capitulaciones. Le desea. Bip, bip. En los pantalones de él vibra algo más que su deseo. Lee un sms y sonríe. Ella está ansiosa en su ascensor. Quiere subir; piensa en sexo anal desde hace rato. Él se detiene.
-¿Qué pasa?- Quiere saber ella.
-Me gustas, pero…
-¿Pero?
-Ella es más guapa- Dice él, enseñando su teléfono.
Y a ella esto le parte el corazón y a él no le importa: ya ama a otra. Después de todo, los orangutanes no ven más allá de la belleza. Se despiden. Él apura las aceras. Ella vuelve al local desconsolada. Y sufre y pierde y se muere de celos al descubrir que allí todos se besan. Que acaban de conocerse pero ninguno mentiría si afirmase que se aman. Que importa poco lo artificial de sus comienzos, si ellos chocaron accidentalmente con ellas en medio de la pista o si ellas se abalanzaron en busca de sus brazos, qué más da, el caso es que se besan. Ya conocen sus nombres, su ocupación y sus deseos inmediatos: pretenden acostarse.
La repetición de una pauta
septiembre 30, 2011
Para S.
Obcecarse después de la certeza
y el abismo, enfrentarse
a un fracaso previsto
y perdurable,
compartir el minuto que termina
con las manos que queman y se escapan,
terminar el día exhausto y lamentando
la repetición de una pauta,
otra derrota indigna,
otro fracaso previsto
y perdurable
y pretender que cambie.
Obcecarse después de la certeza
y el abismo, confiarse
a un éxito imposible
y memorable
y girar sobre un círculo concéntrico
hasta darse de bruces contra el suelo,
compartir el minuto que termina
con las manos que queman y se escapan,
terminar el día exhausto y celebrando
la repetición de una pauta,
otro fracaso previsto
y memorable
y pretender que cambie
y no querer que cambie.
Luces de colores
septiembre 18, 2011
Nada más.
Y una mujer. O dos. O cero.
Porque los brazos no bastan si el aliento aprieta
las copas de los árboles.
Nada más que las luces.
Y una Ley. Y un pirata tuerto.
Porque nacimos después de todo lo importante,
de todo lo perdido.
Nada más que las luces de colores.
Y una barra de bar para engañarse.
Porque lo que hemos intentado no ha salido mal:
¡ha funcionado!
Nada más que las luces de colores apagadas.
Y.
Teoría del caos*
septiembre 18, 2011
Casi conocerse, compartir apenas
un instante: la precisión exacta
de la fugacidad.
E intentar repetirlo. Y repetirlo.
Y repetirlo.
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*Teoría del caos (según la wikipedia) es la denominación popular de la rama de las matemáticas, la física y otras ciencias que trata ciertos tipos de sistemas dinámicos muy sensibles a las variaciones en las condiciones iniciales. Pequeñas variaciones en dichas condiciones iniciales pueden implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro; complicando la predicción a largo plazo. Esto sucede aunque estos sistemas son en rigor determinísticos, es decir; su comportamiento puede ser completamente determinado conociendo sus condiciones iniciales.
Para no hablar de ti
septiembre 15, 2011
Para no hablar de ti
sólo me sirve el silencio.
Mantengo la boca cerrada
y pienso en todas las cosas
que no me recuerdan a ti;
cucharas, alfileres o cepillos de dientes
forman parte del repertorio inanimado
de la distracción.
Cuando es inevitable pronunciar una palabra
procuro retorcer la ortografía,
me enfrento al diccionario
y evito las sílabas que se parecen a tu nombre;
desde que te conozco
a mi lenguaje le faltan adjetivos
que no tengan que ver con tu sonrisa.
Para no hablar de ti
me he apuntado a un curso de retórica
y he fracasado estrepitosamente,
mis compañeros reconocen tu cuerpo
en mis palabras
y me felicitan por mis versos de amor
mientras yo intento hablar sobre política.
Ni siquiera puedo silbar las canciones que me gustan
sin que inundes cada acorde que desafino.
Para no hablar de ti
-cucharas, alfileres o cepillos de dientes-
sólo me sirve el silencio
porque tu nombre
forma parte de mis labios.
Un minuto robado al desastre
septiembre 14, 2011
Guardo en tu piel mi próximo consuelo,
si consientes, tal vez,
trazaré sobre ti una espiral infinita
que describa tus manos y mis dedos
enfrentando la razón al precipicio,
si consientes, quizá,
cambiaré la indecisión por el deseo,
si consientes, tal vez
perderás, ganaré
un minuto robado al desastre.