En la ciudad sin límites
mayo 19, 2009
Te acompaño a un concierto
y me conformo
con tocarte a hurtadillas,
deslizando los dedos
entre canciones lentas.
No existen otras huellas dactilares
debajo de mi piel,
antes de ti soñaba con tus manos
cruzando una ciudad
fundada sin salidas.
Hagamos el amor
después y ahora, imagina
que lo hemos hecho antes,
que no lo haremos nunca…
Esconde aquí las horas
que me prestas, guarda tu desnudez
sobre las yemas de mis dedos
¡hagamos el amor
sólo por deshacerlo!
No existen otras huellas dactilares
debajo de mi piel,
después de ti no encuentro en otras manos
los límites remotos
de esta ciudad oscura y repetida.
Transparencia
mayo 6, 2009
No pude resistir la transparencia
de mi carne en tu rutina.
Hice un esfuerzo,
llené mis ojos con la apariencia
de los hombres visibles
y me enfrente a tu juicio,
fingiendo ser lo que no era.
Tu vista traspasó mis ilusiones,
objetivó mis sueños,
enterró mis virtudes,
y sumó mis defectos
forzándome a asumir
la transparencia.
Años después,
otros ojos construyeron mi cuerpo
sobre la invisibilidad,
piel sobre piel y carne sobre carne,
bajo el juicio inflexible de las manos.
Corrí a tu encuentro
para satisfacer a mis reproches,
te sostuve la mirada
rebosante de visibilidad
y pude ver al fin tu transparencia
percibiendo la forma en la que existo.
Quise vengarme y en vez de eso,
volví a llenar mis ojos de mentiras
al tener la decencia de mirarte,
fingiendo ver tu cuerpo en el vacío.
Husos horarios
mayo 5, 2009
Te recuerdo con el desorden propio
de la convivencia,
de las zapatillas debajo de la cama.
Al buscar tu rostro entre las cosas
que amontono en la memoria,
mis pensamientos me traicionan
y dibujo espirales
y círculos concéntricos
para acabar debatiendo cuestiones puramente físicas
sobre el tiempo y el espacio.
¿Es mayor la distancia en millas
o en minutos?
Mi última cerveza
la apuro en lo que tú llamas mañana
y aún así,
podría decirse que es coetánea del perrito caliente
que terminas en la calle 37
de Manhattan.
Imagino la línea recta que dibujan
las seis horas de reloj
que nos separan
y entonces hago discutir al segundero
con el cuentakilómetros
para descubrir que entre el ayer en el que vives
y el mañana en el que habito
median sólo cinco mil kilómetros,
seis horas de reloj y ocho de vuelo
y entre tantas variables
no consigo llegar a conclusiones lógicas
y mis cálculos vuelven al punto de partida,
supongo que no sé mucho sobre física.
¿Es mayor la distancia en millas
o en minutos?
Armo el rompecabezas de los días precedentes,
dónde estabas hace seis horas
qué hacía yo en ese instante
o qué hago ahora,
seis horas por delante
del retraso que distancia nuestros pasos,
y de repente, aún sin saber mucho sobre física,
comprendo que mis seis horas de adelanto
son coetáneas de tus seis horas de retraso,
de mi cerveza
y de tu perrito caliente
comprendo que esta noche en Salamanca
es coetánea de tu tarde neoyorquina,
de tus pasos por la calle 37.
¿Es mayor la distancia en millas
o en minutos?
Te recuerdo con el desorden propio
de la contemporaneidad,
del instante preciso en el que compartimos
dos días distintos,
dos años distintos.
Mi última cerveza,
la apuro en lo que para ti es otro año,
2008 llega a ti seis horas tarde,
dejándote un año por detrás de mis manos.
Me cuesta asimilar que cuando pienso en ti,
incluso cuando hablamos por teléfono
y todo parece tan coetáneo,
tú ya formas parte del pasado
y eres solo un recuerdo,
igual que un rascacielos a cinco mil kilómetros,
siguiéndome seis horas por detrás.
Diciendo que no
mayo 3, 2009
Guardo la podredumbre de mis ojos
oculta entre tus muslos,
conviviendo con el óxido y el plástico.
Los días laborables huele a victoria
el artificio puro de la carne,
el roce de la piel y las arterias
palpitando debajo de la lengua.
Sin embargo, cuando es festivo el día
en que te busco, celebro sin ti
el pudor que me conduce,
si me esperas, me pierdo y me diluyo;
te disfruto menos cuando espero disfrutarte.
Caigo sobre ti cuando no te tengo
y descubro tu memoria entre mis sábanas
y tu cuerpo no existe
si no es en el rechazo.
En esa hora recorro el laberinto
sumando a la humedad el desahogo
de no encontrarte nunca.
Te disfruto más cuando no espero disfrutarte,
cuando metes mi mano entre tus piernas
y me ofreces los labios
diciendo que no.