Mierda, es fea
octubre 17, 2011
Le gustaría atreverse a responder con la verdad: mierda, es fea. Decirlo así, con la boca pequeña y sin acritud, tal y como lo pensó en aquel momento. Pero hay respuestas que no caben en sus preguntas. La vida le ha enseñado algo, poco, pero suficiente para saber que la sinceridad es prescindible, especialmente en una relación. Así que musita una respuesta capaz de darle unos minutos de tregua. Funciona. Aprovecha el tiempo concedido para recordar aquel primer encuentro. Las manos sudorosas y la americana nueva. La última ruptura aún era reciente y su vuelta al mercado era, con toda seguridad, precipitada. Pero él no había elegido estar soltero y, desde luego, no estaba dispuesto a perder la batalla contra su ex quedándose en casa. Así que allí estaba, preparado para todo. Perfumado y con el pelo limpio. Su amiga Marta se empeñó en arreglarle un encuentro con Lucía, una de sus compañeras de trabajo, y como sabía que su ex ya se estaba viendo con alguien, no pudo hacer otra cosa que aceptar. Llegó un poco antes de la hora convenida. Pidió un café y fumó un par de cigarrillos con cierto nerviosismo. Hacía casi tres años que no tenía una cita y se sentía capaz de fracasar de todas las maneras. Su segundo café coincidió con la entrada en el local de Lucía. La decepción crecía con cada paso que daba hacia la mesa. Ya sentados, después de las presentaciones y un par de chistes sin gracia correspondidos con unas risas carentes de convicción, trataron de avanzar en una conversación que a ninguno de los dos les interesaba. La noche era fría y los dos estaban solos. Una botella de vino y dos gin-tonics después, él quiso suponer que ella era atractiva. Ella fingió que él le parecía interesante. La casa de él estaba más cerca y aunque no lo dijo, había cambiado las sábanas esa misma tarde. Ella se había depilado justo antes de salir de casa. Así que… Rápido y precipitado. Funcional. Y aunque él estaba seguro de haber fracasado en casi todo, agradeció que ella se empeñase en sobreactuar. Repitieron a la mañana siguiente. Y a la siguiente. Y a la siguiente. Y aunque nunca alcanzaron un éxito del que congratularse, poco a poco fueron acostumbrándose el uno al otro. Por eso, ahora, nueve meses después de aquel encuentro, cuando la desnudez que comparten les incomoda lo justo como para no desearse del todo, pero no lo suficiente como para marcharse, a él le gustaría responder con la verdad a la pregunta de Lucía. ¿Qué pensaste al conocerme?, repite ella. Y él, justo un segundo antes de enredarse en sus brazos, le responde que pensó que era preciosa.
Estoy un poco mal de la chota, pero esto te lo he leído ¿verdad? Me parece igual de bueno que cuando lo leí. No pierde, sino gana.
No estás mal de la chota. Creo. Lo que si puedo confirmar es que lo has leído hace no demasiado tiempo y, salvo algún pequeño cambio, de la misma manera en que ahora vuelve a aparecer.
Me alegra que te guste. Gracias.
Para mí, historias como ésta son las auténticas historias de amor. Lo demás es literatura.
Un saludo.